Stop motion, artesanía de la animación

Desde pioneros del siglo XX como James Stuart Blackton, con El hotel encantado, y Segundo de Chomón, con El hotel eléctrico o La casa encantada, el stop motion (por esa época más apropiadamente conocido como “paso de manivela”) ha dado mucho juego.

Esta técnica se centra en el principio básico del cine de crear movimiento fotograma a fotograma, por lo que podría considerarse como la forma de animación más pura existente, junto con la técnica de dibujos animados tradicional. Pero aquí no hay dibujos que valgan ni ningún tipo de tecnología 3D. Aquí los protagonistas son objetos estáticos y el procedimiento es el mismo de toda la vida: foto, cambio, foto, cambio… y así sucesivamente hasta completar la animación. Hoy día, programas como Dragonframe se plantean como una ayuda para la creación de obras stop motion, permitiendo importar las fotografías directamente al programa a través de un cable USB conectado a la cámara, y ofreciendo así una previsualización de la animación en la que se pueden ajustar diversos parámetros. Pero el procedimiento de base “foto a foto” no ha cambiado —y no podría ser de otra manera teniendo en cuenta que es esta la esencia de la técnica—, así que en comparación con el resto de campos de la animación, no se puede hablar de una evolución del stop motion.

En esta técnica centenaria se han ido inscribiendo diversas vertientes, pero en líneas generales se pueden subrayar dos: las animaciones que juegan con la plastilina (con esqueleto interno o sin él) y las que lo hacen con objetos rígidos (articulados o no articulados). Ambas han dado a luz a maravillas dignas de veneración, pero tanto en un procedimiento como en el otro, el tiempo y sudor invertidos nunca (digamos mejor casi nunca, por no caer en el peligro de la generalización) es comparable al de una película al uso, entiéndase por película al uso la grabada con cámaras de vídeo o realizada con tecnologías 3D. Para llegar a ver finalizadas joyas como Pesadilla Antes de Navidad , hecha con marionetas (1993, Henry Selick en la dirección y Burton en la idea y en la producción, en contra de la extendida creencia), y Mary and Max, con plastilina (2009, Adam Elliot), la paciencia tiene que ser eterna y la vocación, verdadera.

El stop motion es artesanía, y debido al trabajo que supone cualquier obra de artesanía, hoy día es más común encontrarlo en anuncios y videoclips (muchas veces en su forma de pixilación, al implicar a personas), cuya duración no implica tanto sacrificio. Aunque de vez en cuando algún fiel amante de esta antigua técnica, como Tim Burton, nos sigue regalando alguna que otra obra maestra.


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